Ernesto Montiel, el Señor del Acordeón que hizo del chamamé una marca de identidad

Llevó el chamamé desde los parajes rurales correntinos a los grandes escenarios nacionales. Su obra posicionó un sonido que se volvió emblema cultural de Corrientes y del Litoral argentino.

Nació en 1916, en El Palmar, un paraje rural del Departamento Paso de los Libres, donde el horizonte es ancho y el viento parece soplar en compás de acordeón. Desde allí partió Ernesto Montiel hacia Buenos Aires en la década de 1930, como tantos otros músicos del interior que buscaban hacer oír su voz en la capital. Pero en su caso, esa voz sería la del fuelle.

Integró primero el Conjunto Los Hijos de Corrientes, dirigido por Emilio Chamorro, y en 1938 dio un paso decisivo al formar el Conjunto Iberá, junto a Ambrosio Waldino Miño, Pedro Pascasio Enríquez y Reynaldo Díaz. Con ese grupo grabó diez canciones en discos de 78 rpm para el sello Odeón, una experiencia que marcaría el inicio de una carrera discográfica sostenida y popular.

Pero el gran punto de inflexión llegó en 1942, cuando fundó el Cuarteto Santa Ana junto al bandoneonista Isaco Abitbol. Completado por los guitarristas Samuel Claus y Luis Ferreyra, el conjunto se convirtió en el primer grupo de chamamé en alcanzar fama masiva. No solo llevó el género a los bailes y a la radio: lo instaló en la escena nacional. En los años cincuenta, Montiel y su cuarteto inauguraban los carnavales del Club San Lorenzo de Almagro, mientras el público porteño aprendía a abrazar el ritmo litoraleño. Según Intermirarte.

Su repertorio incluyó títulos que hoy son parte del cancionero popular: “General Madariaga”, “Ñatita”, “Don Chirú”, “Padrino Tito”, “Martínez Gutiérrez”, “Villancico correntino” y “Valsecito navideño”, muchas veces en colaboración con Abitbol y Chamorro. En la década de 1960 fue reconocido como el músico con mayor cantidad de discos vendidos del sello Philips, un dato que confirma lo que el público ya sabía: el chamamé había dejado de ser regional para volverse masivo.

La consagración tuvo también gestos simbólicos. El Cuarteto Santa Ana se presentó en el Teatro Colón, escenario históricamente reservado a la ópera y la música académica. Y en esos mismos años, el papa Paulo VI bendijo sus canciones “Villancico correntino” y “Valsecito navideño”, un reconocimiento que atravesó fronteras culturales y religiosas.

Montiel falleció en Buenos Aires en 1975, a los 59 años. Sus restos descansan en el Rincón de las Celebridades del Cementerio de la Chacarita, donde una estatua realizada por Juan Carlos Ferraro en 1982 lo recuerda con el acordeón entre las manos. Como si aún estuviera a punto de abrir el fuelle y dejar salir, una vez más, la música que convirtió a Corrientes en un sonido inolvidable.

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