Germán Velásquez encontró la fuerza para salir adelante dentro de sí mismo. Descubrió en los caramelos y su carisma una fuente de trabajo. Todos los días llega desde el Molina Punta hasta peatonal Junín con su silla de ruedas, una sonrisa y el orgullo de ganarse la vida con honradez.
Germán Velázquez tuvo que superar dos cachetadas de la vida. Primero perdió sus piernas en un siniestro vial. Después, el mercado laboral le cerró las puertas en la cara. Es que las oportunidades para las personas con discapacidad no abundan, y menos en un contexto en el que el Gobierno nacional los toma como un número más dentro de su política de ajustes.
Durante mucho tiempo buscó la fuerza para salir adelante y un día se dio cuenta que esas fuerzas estaban dentro de sí mismo. “La plata de la pensión no me estaba alcanzando para vivir. Entonces, decidí invertirla para comprar primero encendedores y pañuelos hasta que en los caramelitos encontré lo que más se vendía”, contó en una entrevista con época. “A los caramelos, caramelos”, es una frase que los habitué de la peatonal Junín están acostumbrados a escuchar hace dos años. Con su particular tono de voz, que no pide permiso y se expande por el espacio, el hombre de 45 años ofrece caramelos mentolados.
Los vecinos de Capital lo pueden encontrar de lunes a viernes de 9 a 12:30; mientras que a la tarde, en días intercalados, de 18 a 21:30. Se ubica generalmente sobre Junín casi San Lorenzo, a escasos metros del acceso a Galería Corrientes. Los caramelos mentolados los vende de a dos por $1.000. “En una jornada buena me pueden comprar hasta diez cajitas, y los de miel son los preferidos”, reveló.
Su vida cambió el 28 de diciembre de 2008 cuando viajaba de acompañante en la cabina de un camión. El conductor se durmió y despistó el rodado hacia una zanja. Lamentablemente, él salió despedido del vehículo. “Soy de Buenos Aires, pero mis padres son correntinos y hace diez años decidí radicarme en Capital porque me gusta mucho la ciudad”, agregó.
El vendedor ambulante recordó que en su familia le enseñaron que el pan se lleva a la casa con honradez. “La gente es buena siempre me está ayudando y en ocasiones deja una propina sin que yo se lo pida”, contó. El dinero no solo es para comer sino también para reparar su silla de ruedas. “La semana pasada estuve tres días sin trabajar por culpa de un desperfecto”, señaló.
Germán tuvo que superar el pudor y animarse a la venta ambulante. “En el mundo laboral nadie mira a una persona con discapacidad. Ni siquiera piensan cómo se puede adaptar el entorno para que puedan trabajar”, opinó en base a su experiencia. Lejos de las excusas, el hombre continúa firme en la peatonal y es un ejemplo vivo de esa Argentina que pese a tener todo en contra no busca atajos, no busca caminos fáciles y nunca se rinde.