EL 10 SE DESPIDIÓ COMO SIEMPRE: JUGANDO Y HACIENDO HISTORIA

(Coco Ramón) – El Monumental se vistió de fiesta y terminó envuelto en lágrimas para despedir al capitán. Messi convirtió, asistió, recibió una ovación interminable y, después de más de dos décadas, cerró su historia con la Selección Argentina frente a una multitud que quiso guardar para siempre la última imagen del 10 con la celeste y blanca.

Hay despedidas que se anuncian. Y hay despedidas que, aunque todos saben que van a llegar, nadie está preparado para vivir.

La de Lionel Messi fue así.

El Monumental estaba lleno mucho antes de que comenzara el partido. Más de 85.000 personas habían llegado para verlo una última vez. No importaba demasiado Benín, ni el resultado, ni siquiera el fútbol que pudiera ofrecer la noche. Había algo mucho más grande en juego: la posibilidad de guardar para siempre una última imagen de Messi con la camiseta argentina.

Y entonces apareció él.

El mismo número 10 que durante más de dos décadas se convirtió en una costumbre. El mismo que tantas veces había entrado a una cancha cargando sobre sus hombros la ilusión de millones. Pero esta vez había algo distinto. Messi sabía que era la última.

Ya había llorado antes de pisar el césped. Durante el viaje hacia el estadio, mientras afuera miles de argentinos esperaban el paso del micro, las cámaras lo mostraron secándose las lágrimas.

Después vendría el himno.

Messi ingresó acompañado por sus hijos. Se paró junto a sus compañeros y miró hacia adelante mientras todo el Monumental cantaba. Intentó contenerse. No pudo.

Cuando terminaron los últimos acordes, volvió a quebrarse.

Y en ese instante quedó claro que no era un partido más.

Era el final.

La camiseta gigante con el número 10 ocupaba buena parte del campo. Debajo de ese número, una sola palabra: GRACIAS.

No hacía falta mucho más.

Porque durante 21 años hubo goles, derrotas, frustraciones, críticas, noches interminables, Copas América perdidas, una final del mundo perdida y aquella decisión que alguna vez pareció definitiva. Hubo también revancha, lágrimas distintas, la Copa América de 2021, la Finalissima, Qatar 2022, otra Copa América y una generación que aprendió a creer de nuevo.

Todo eso entraba en esa palabra.

Gracias.

El partido comenzó y Messi hizo lo que hizo durante toda su vida: jugar.

Buscó el gol. Probó desde afuera. Intentó un gol olímpico. Se movió por todo el frente de ataque. Pero la pelota parecía resistirse.

Hasta que llegó el segundo tiempo.

Una infracción sobre Agustín Giay dentro del área terminó en penal. Y el estadio supo inmediatamente quién iba a patearlo.

Messi tomó la pelota.

La acomodó.

Respiró.

Y convirtió.

El grito fue diferente a todos los anteriores.

No era solamente un gol. Era el último.

El número 126 de su carrera con la Selección Argentina.

Después llegaron más abrazos, más aplausos y más fútbol. Messi asistió a Nicolás Otamendi para el primero y también participó en el segundo. Argentina terminó ganando 3-0, pero a esa altura el resultado ya había quedado relegado a un segundo plano.

La noche tenía otro protagonista.

Él.

Incluso hubo un momento en el que el partido se detuvo. El reloj llegó al minuto 10 y el Monumental entero se puso de pie.

No hubo pelota.

No hubo rival.

No hubo partido.

Hubo solamente una ovación.

Messi. Messi. Messi.

Fuegos artificiales iluminaron el cielo y durante unos segundos pareció que el estadio entero quería detener el tiempo.

Pero el tiempo siguió.

Como siempre.

Y llegó el minuto 90.

Messi todavía estaba adentro.

Todavía corría.

Todavía buscaba una última jugada.

Todavía era el capitán.

El árbitro agregó minutos. Y cuando llegó el momento final, la pelota volvió a quedar en sus pies.

Tiro libre.

El último.

La pelota se fue desviada.

Y entonces sí.

El árbitro hizo sonar el silbato.

Se terminó.

Messi recibió la pelota del partido. La sostuvo entre sus manos. Alrededor suyo, sus compañeros se acercaron para abrazarlo. Las tribunas volvieron a levantarse.

Ya no había nada más que jugar.

Argentina había ganado 3-0.

Messi había marcado un gol y dado dos asistencias.

Pero la verdadera noticia era otra.

Después de 208 partidos y 126 goles, el hombre que durante más de dos décadas llevó la camiseta argentina acababa de jugar su último partido con ella.

Entonces tomó el micrófono.

Y volvió a llorar.

“Fue un orgullo defender esta camiseta más de 20 años”, dijo.

Después confesó lo que probablemente todos en el Monumental ya sabían.

Que no venir más iba a ser un dolor enorme.

Que le gustaría poder venir toda la vida.

Porque jugar para la Selección Argentina, dijo Messi, es lo más lindo que le puede pasar.

“Hoy es el día más triste de mi carrera. Los voy a extrañar”.

No lloraba solamente Messi.

Lloraban sus compañeros.

Lloraba la gente.

Lloraban quienes habían compartido con él una parte de esta historia.

Y lloraban también aquellos que nunca llegaron a verlo jugar un Mundial sin Messi.

Porque hay generaciones enteras que crecieron con una certeza: cuando jugaba Argentina, jugaba Messi.

Durante años se discutió si algún día iba a aparecer otro Maradona.

Después se discutió si Messi podía ser el mejor de todos.

Y quizás esas discusiones nunca terminen.

Pero anoche hubo algo que dejó de estar sujeto a discusión.

Messi ya forma parte de la memoria.

La Selección seguirá.

Vendrán otros números 10. Otros capitanes. Otros chicos que intentarán cargar con la camiseta que alguna vez llevaron Maradona y Messi.

Pero habrá una diferencia.

A partir de ahora, cuando Argentina salga a la cancha, alguien va a mirar hacia la derecha buscando al 10.

Y no va a estar.

Esa será la verdadera despedida.

No el silbato final.

No el último tiro libre.

No el último gol.

La verdadera despedida será la próxima vez que Argentina juegue y Messi no aparezca entre los titulares.

Anoche, en cambio, todavía estaba.

Todavía corría.

Todavía hacía goles.

Todavía levantaba los brazos.

Todavía escuchaba a un país entero cantar su nombre.

Y cuando terminó todo, después de más de dos décadas, se quedó unos segundos mirando las tribunas.

Como quien intenta guardar una última fotografía.

Como quien sabe que algunas noches no vuelven.

Messi se fue del Monumental pasada la medianoche, en silencio, después de saludar a familiares y allegados.

Pero en realidad no se fue.

Porque hay futbolistas que dejan recuerdos.

Y hay otros que terminan convirtiéndose en parte de la historia de un país.

Messi pertenece a esos últimos.

Por eso, cuando las luces del Monumental comenzaron a apagarse, quedó flotando en el aire una sensación extraña.

La de haber sido testigos de algo que no volverá a repetirse.

El 10 se fue.

La camiseta quedó.

La historia también.

Y en algún lugar de la memoria, para siempre, seguirá corriendo un chico de Rosario con la camiseta celeste y blanca, persiguiendo una pelota como si todavía tuviera toda la vida por delante.

Anoche, por última vez, ese chico volvió a ser Messi.

Y Argentina, por última vez, pudo decirle:

Gracias, capitán.

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