José de San Martín: la vida íntima y los riesgos del Libertador

El 25 de febrero de 1778 nació en Yapeyú José de San Martín, figura de la independencia sudamericana. Fue el menor de cinco hijos del matrimonio entre Juan de San Martín y Gregoria Matorras. Sus hermanos fueron María Elena (1771), Manuel Tadeo (1772), Juan Fermín Rafael (1774) y Rufino (1776).

Una versión histórica sostiene que pudo haber sido hijo biológico de Rosa Guarú, su nodriza, y del militar español Diego de Alvear, hipótesis que nunca fue confirmada. En 1784, la familia se trasladó definitivamente a España y se instaló en Málaga, donde atravesaron dificultades económicas. En el colegio, el joven San Martín era apodado “el indiano”, en alusión a su tez oscura y su origen americano.

Ingresó al Regimiento de Murcia a los 11 años, iniciando una carrera militar precoz. En 1801 sufrió heridas graves en el pecho, la garganta y una mano tras un asalto de bandoleros. Siete años después, el 23 de junio de 1808, durante la acción de Arjonilla, el sargento Juan de Dios le salvó la vida al interponerse ante un sablazo dirigido a su cabeza.

Durante la campaña en América, su salud fue un obstáculo constante. En el combate de Chacabuco padecía gota, dolores gástricos y afecciones hepáticas. Cruzó la cordillera de los Andes con un botiquín homeopático y, según testimonios de allegados, habría consumido opio en exceso para mitigar los dolores, al punto que en ocasiones le ocultaban dosis para evitar abusos.

Se casó con Remedios de Escalada, a quien conoció cuando ella tenía 14 años. La relación con su suegra, Tomasa de la Quintana, fue conflictiva: lo llamaba “el plebeyo” y “el soldadote”. En una cena formal, al enterarse de que su edecán había sido enviado a comer a la cocina, San Martín abandonó la mesa principal para acompañarlo, en un gesto que evidenció su postura frente a las jerarquías sociales.

Tras la muerte de Remedios, el 3 de agosto de 1823, describió en una carta a Tomás Guido a su hija Mercedes como “un pequeño diablotín”. A lo largo de su vida se le atribuyeron romances en Mendoza, Chile, Perú y Guayaquil, entre ellos con Rosa Campusano, Fermina González Lobatón y Carmen Mirón y Alayón. Algunas versiones mencionan la posible existencia de hijos no reconocidos.

Además de su carrera militar, cultivó intereses artísticos e intelectuales. Tocaba guitarra, cantaba y bailaba. Dibujaba y pintaba —sobre todo temas marinos— y fue considerado un acuarelista discreto. Dominaba latín, griego, francés, inglés e italiano.

En campaña llevaba consigo cerca de 800 libros. Su dieta era frugal: prefería puchero y asado, y tomaba café servido en mate con bombilla. Practicaba ajedrez con figuras como Bernardo O’Higgins, Antonio Arcos, José Antonio Álvarez de Condarco y Mariano Necochea. También introdujo en el Río de la Plata los juegos europeos “El centinela” y “La campaña”.

Era un experto catador de vinos, en especial españoles. Sin embargo, defendía la calidad de los vinos mendocinos y sanjuaninos. Para demostrar el prejuicio en favor de lo extranjero, realizó un experimento: intercambió etiquetas entre un vino de Málaga y uno de Mendoza, comprobando que muchos elogiaban el producto local cuando creían que era importado.

A lo largo de su vida padeció asma, úlcera gástrica, artritis y gota. Durante las crisis respiratorias dormía sentado. En 1829 resultó herido en la axila tras volcar su carruaje y permaneció tres meses en recuperación. En 1831 contrajo cólera en París, enfermedad que lo obligó a guardar reposo durante siete meses. Fue operado de cataratas sin anestesia, con resultados limitados. También sufrió hemorragias pulmonares y episodios de melancolía e ira.

Desde 1848 residió en Boulogne-sur-Mer, Francia. Allí murió el 17 de agosto de 1850, a los 72 años, 5 meses y 23 días. El primer monumento en su honor en la Argentina se inauguró en 1863 en la plaza San Martín del barrio de Retiro, consolidando la memoria pública de un hombre cuya vida estuvo atravesada por la guerra, la enfermedad y una intensa dimensión privada.

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