(Coco Ramón) – La goleada ante Atlético Tucumán no fue una derrota más. El Rojo quedó eliminado de la Copa Argentina, acumuló tres caídas consecutivas y dejó expuestas las grietas de un ciclo que había comenzado con expectativas pero que ahora tiene al técnico Gustavo Quinteros en la cuerda floja. La dirigencia analizará su continuidad.
Hay derrotas que se explican por una mala noche y hay otras que funcionan como una radiografía. El 0-4 de Independiente ante Atlético Tucumán, por los octavos de final de la Copa Argentina, pertenece a la segunda categoría. El resultado no solamente dejó al Rojo afuera de otro torneo. También expuso un equipo sin respuestas, un ciclo que perdió impulso en apenas unas semanas y una relación cada vez más incómoda entre Gustavo Quinteros, los futbolistas, la dirigencia y una hinchada que ya no encuentra demasiados motivos para creer.
El partido disputado en el Coloso Marcelo Bielsa de Rosario tuvo un punto de quiebre demasiado evidente. Independiente tuvo la posibilidad de ponerse en ventaja desde el punto penal, pero no la aprovechó. Poco después recibió el primer golpe y, en lugar de reaccionar, se desmoronó. Atlético Tucumán encontró espacios, aprovechó las facilidades defensivas y terminó construyendo una goleada que pudo incluso haber sido más amplia. Nicolás Laméndola marcó por duplicado, mientras que Manuel Brondo y Franco Nicola completaron el 4-0.
Lo más preocupante para Independiente no fue solamente la cantidad de goles recibidos. Fue la manera en que el equipo dejó de competir. Después del primer tanto, el Rojo perdió el control del partido, quedó partido en el mediocampo y ofreció demasiados espacios. La defensa quedó expuesta y el equipo nunca encontró una reacción futbolística capaz de modificar el rumbo.
La imagen final fue contundente: Atlético Tucumán celebrando una clasificación histórica y los jugadores de Independiente atravesando una de las noches más duras del ciclo Quinteros.
El propio entrenador fue quien puso palabras al desconcierto. “Como entrenador me da vergüenza”, reconoció después del partido, mientras asumía la responsabilidad por la actuación y pedía disculpas a los hinchas. Al mismo tiempo, descartó la posibilidad de renunciar y aseguró que pretende cumplir su contrato.
Pero la discusión dejó de ser exclusivamente futbolística.
La continuidad de Quinteros quedó bajo análisis y la dirigencia convocó una reunión para definir los próximos pasos. El malestar interno no nació únicamente con la goleada. Las declaraciones del técnico sobre las necesidades del plantel y los refuerzos ya habían generado incomodidad entre los dirigentes, que ahora deben decidir si sostienen el proyecto o buscan un cambio antes de que la crisis se profundice.
El problema es que los resultados tampoco ofrecen demasiado margen para defender la continuidad sin discusión.
Independiente comenzó el Clausura con dos victorias consecutivas: 2-0 ante Estudiantes y 1-0 frente a Newell’s. Parecía que el equipo podía darle continuidad al rendimiento que había mostrado en determinados pasajes del semestre anterior. Sin embargo, la tendencia se modificó rápidamente. Llegaron las derrotas por 1-0 ante Vélez y Platense y, ahora, el 0-4 frente al conjunto tucumano. Son tres partidos consecutivos sin ganar y, además, con un dato que preocupa: en los dos últimos encuentros del torneo local el equipo no consiguió marcar.
La eliminación tiene además una dimensión simbólica. La Copa Argentina aparecía como una de las posibilidades concretas para que Independiente pudiera pelear por un título y sostener una aspiración internacional. En cambio, volvió a quedar afuera antes de los cuartos de final. En las nueve ediciones en las que participó, el Rojo nunca consiguió superar esa instancia y solamente alcanzó los cuartos en 2019, 2022 y 2024.
Así, el 0-4 terminó condensando problemas que venían apareciendo por separado.
El equipo perdió solidez. La producción ofensiva se volvió irregular. Algunos futbolistas quedaron bajo cuestionamiento y el entrenador comenzó a ser discutido. A eso se sumó un mercado de pases en el que Quinteros había planteado necesidades concretas para completar el plantel. De hecho, antes de esta crisis, el técnico y los dirigentes ya habían mantenido reuniones para analizar refuerzos y posibles bajas.
Ahora la discusión cambió de nivel.
Ya no se trata solamente de qué jugadores necesita Independiente. La pregunta es si Quinteros seguirá siendo quien deba elegirlos.
La dirigencia quedó frente a una decisión incómoda. Sostener al entrenador implica respaldar un proyecto que acaba de recibir un golpe contundente y que perdió tres partidos consecutivos. Cambiarlo significa volver a empezar, una fórmula que Independiente conoce demasiado bien después de varios ciclos técnicos interrumpidos antes de consolidarse.
Y mientras los dirigentes discuten el futuro, el hincha ya entregó su veredicto durante los últimos partidos: los silbidos que acompañaron la derrota ante Platense fueron una señal de un malestar que la goleada en Rosario convirtió en crisis abierta.
El 0-4, entonces, no creó el problema. Lo hizo visible.
Independiente había conseguido resultados para alimentar expectativas, pero todavía no había logrado construir una estructura futbolística suficientemente sólida para sostenerlas. Cuando aparecieron las primeras dificultades, el equipo no encontró respuestas. Y cuando tuvo que afrontar un partido decisivo, se quebró.
Ahora el Rojo debe decidir qué hacer con ese diagnóstico.
Porque después de una noche como la de Rosario, ya no alcanza con explicar una derrota. Hay que explicar por qué un equipo que comenzó el semestre ganando terminó desmoronándose ante Atlético Tucumán, por qué perdió la identidad en pocos partidos y qué piensa hacer el club para evitar que una goleada se transforme en otra temporada desperdiciada.
La crisis de Independiente ya no está escondida detrás de los resultados. El 0-4 la dejó expuesta.