La madre de un soldado correntino caído en Malvinas recibió la cruz original de la tumba de su hijo

Elma Pelozo, mamá del héroe caído en Malvinas Gabino Ruiz Díaz, recibió la cruz original que llevaba su tumba, antes de la remodelación del Cementerio de Darwin, en donde se leía la hoy obsoleta chapa “Soldado argentino sólo conocido por Dios”.

Luego de la gestión realizada por los Veteranos de Guerra de Malvinas Julio Aro y Alejandro Lodi, el 11 de noviembre de 2022 Elma Pelozo, madre del héroe caído en Malvinas Gabino Ruiz Díaz, pudo tener en sus manos la cruz que originalmente custodió la tumba de su hijo en Malvinas, desde 1983 a 2004, cuando el cementerio de Darwin (Isla Soledad) fue modificado a través de una propuesta realizada por la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas.

Hoy esa cruz cobra otro significado. Su chapa con la leyenda “An Argentine Soldier Known Unto God” (Un soldado argentino conocido por el Señor) ya es obsoleta. Hoy Elma sabe dónde está inhumado Gabino, pero esa cruz de madera resistente y liviana que viajó desde Malvinas hace tiempo tiene de todos modos un gran peso simbólico y emotivo.

La historia de Gabino Ruiz Díaz y Elma Pelozo

Gabino Ruiz Díaz cayó en Malvinas, en pelea frontal, con su mirada ensartada en los ojos de un inglés. Era una mañana de pavor que se consumía lenta al tronar de la artillería y del fuego aéreo. Unas cinco horas duró ese infierno. Fue el corolario de una larga noche de combate encarnizado. Al promediar la refriega, él trató de cubrir a sus compañeros que buscaban recuperar una línea de tiro, pero la cosa pasó a mayores y se definió cuerpo a cuerpo. No dudó. Fusil en mano salió del pozo y en la corrida descubrió su pecho al enemigo. Allí mismo conoció a la muerte que lo levantó al galope. Eran las praderas de Darwin. Hacía el frío áspero de los finales de mayo en las islas del Sur. Soplaban vientos de guerra.

La última vez que cenó con él, lo agasajó con un estofado de pollo y fideos verdes de espinaca. Fue el menú preferido de ambos desde cuando ella lo engendraba y tuvo repetidos antojos de ese plato que él agradecía cada vez que lo probaba.

Al otro día lo despidió con pocas palabras y abrazos rotundos, con dos besos y una larga mirada. Lo vio irse lento en ancas de un tordillo negro sin nombre por el camino apenas trazado que continúa así, ahuellado a duras penas y en eterna porfía con los tacuarales que se crían abundantes y cierran pasos.

Él se fue por donde vino aquel llamado: un caminito verde de pasto y amarillo de los arenales que abundan en los interiores de Corrientes; entrañas de lagunas y palmares, chacras y corrales que perfilan un ejido que ya entonces se llamaba Colonia Pando, 30 kilómetros adentro de la cabecera del departamento San Roque.

Cuando ella lo perdió de vista, a media mañana de aquel 10 de marzo de 1982, una punzada en el pecho le sugirió que tal vez sería la última vez que ese adolescente morocho le mostraría su espigada silueta a caballo. Subió después a un camión que lo dejó en la Estación San Roque y de allí salió para Mercedes, hasta que el 16 de abril abordó el tren que lo dejó en el Sur. Orden: Caleta Olivia. Contraorden: Río Turbio. Destino final: Malvinas.

Gabino completó el servicio militar y fue dado de baja. Volvió. Recorría zonas de La Elisa, Rosado Grande y Colonia Pando cuando el telegrama pospuso los planes que tenía para fortalecer la chacra de su padre y enhebrar su futuro con los hilos de eso que llaman progreso.

Él tenía 19 años y hasta quizás una novia, pero no podía sostener sus certezas porque estaba yendo a la guerra. “A pegar fierro con fierro contra los ingleses”, alcanzó a decirle a su madre, en dramático guaraní. Ella tenía 42, una casa grande para cobijar a su familia numerosa, un campito y algunos animales. Tenía todo, en la medida justa de sus necesidades, pero también el presentimiento agudo de que estaba perdiendo para siempre al tercero de sus ocho hijos.

Tuvieron que pasar 38 años, una guerra en Malvinas y varias otras contiendas en los territorios difusos de la política nacional y extranjera; batallas interminables contra la burocracia de todas partes y feroces combates corazón adentro para que esa mujer y ese muchacho volvieran a estar juntos. Ella como Elma Pelozo, madre malvinera que posibilitó en primera instancia la identificación de los cuerpos de los caídos y enterrados en el Cementerio de Darwin; y él como Gabino Ruiz Díaz, el primero de los 123 conscriptos argentinos en ponerle nombre propio a esas placas negras de granito, famosas en el mundo por arrullar con verba marcial lo que algunos, sin tapujos, llamaron abandono: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”.

Su cruz sigue blanca, blanquísima, soportando erguida el viento y el frío. Sigue blanca, como las otras 240 del cementerio. A su pie la baldosa fue cambiaba. Ahora nombra al Gabino de San Roque, numerario del Grupo 2, Sección Exploraciones, del Regimiento de Infantería 12 de Mercedes “General Arenales”, caído en Darwin el 28 de mayo de 1982. La piedra fría le devolvió su nombre a ese soldado curtido en la siesta caliente del campo correntino, que murió adolescente en Malvinas y fue inhumado por un oficial inglés, con dignidad religiosa y militar, pero en el anonimato.

Gabino nació el 27 de junio de 1962 y murió el 28 de mayo de 1982, a un mes de cumplir 20, a 17 días del final de la guerra, en el primer gran enfrentamiento terrestre de Malvinas: la batalla de Ganso Verde, o de Pradera de Ganso, que ocurrió entre el 27 y 29 de mayo. Murió cuando el Ejército británico conquistó el istmo de Darwin imponiéndose sobre una fuerza argentina de 600 hombres allí apostados, muchos de los cuales eran apenas conscriptos mal pertrechados. Gabino fue uno de los tantos muertos de ese enfrentamiento.

El reencuentro de Elma con la tumba de su hijo héroe

Elma fue dos veces a Malvinas. Su primer viaje ocurrió en 1997, a 15 años del conflicto, en el marco de una visita organizada por la Cruz Roja. Fue con un grupo de madres, hermanos y hermanas de los caídos. Fueron a rezar frente a las cruces blancas clavadas en esas lomadas sin sombra. Ella se arrodilló y oró.

—Yo le decía a mi Cambacito: ando caminando hijo por acá, por donde caminaron tus piecitos. Vine por vos, a visitarte, pero yo no sé dónde está tu cuerpito. Así le dije la primera vez. 

Elma llevó entonces una placa de bronce que le obsequió el intendente de San Roque, Domingo Muniagurria, ya fallecido. Caminó por el camposanto hasta que sintió que su corazón corría al trote y sin permiso. Individualizó una cruz y allí hizo poner la placa.

—Yo caminé con el bronce y lo puse en una cruz donde había una latita. Esa sepultura está a tres de la de Gabino. ¿Podés creer?

Lo supo mucho después, el 5 de marzo del año 2020, a dos semanas de que Argentina entrara en confinamiento por la pandemia de Coronavirus y a 38 años de la guerra, cuando Elma regresó a Malvinas. Esta vez para llorar su pena ante los restos de su hijo.

—Gabino, ya llegamos —dice que dijo cuando traspasó la tranquera del “Argentine Cemetery” y recibió como primer saludo la venia de dos soldados británicos.

Después pidió ir primero hasta la parcela de Gabino. Ya no podía caminar, pues los años y la diabetes avanzaron hasta la amputación de sus piernas. Fue operada en 2014, y por eso no fue de la partida cuando los familiares de los soldados identificados viajaron a las islas entre 2018 y 2019.

Pero ahora estaba allí, por obra y gracia de mucha gente. Todos y cada uno se fundieron en esa persona que empujó la silla de ruedas hasta ese pedacito de tierra en donde varias promesas se cumplieron. Y varios dolores sanaron.

Fue esa mañana limpia cuando Elma descubrió que la placa de 1997 estaba apenas más allá. Sintió otra vez el sobresalto. Oró y lloró por eso, por el reencuentro, pero también por ese lazo maternal invisible e ininflamable al fuego destructor de las balas. Incorruptible al sinsentido de la guerra.

El 5 de marzo de 2020, cuando Elma volvió a las islas, lo hizo con su nuera Liliana Hernández y su hijastra Lucy González. Y, entre otros, con Julio Aro, excombatiente y responsable junto con el exoficial británico Geoffrey Cardozo del proyecto humanitario que permitió -al día de hoy- la identificación de 119 de los 123 soldados enterrados sin nombre.

Una larga cadena solidaria financió esa segunda visita, que a su vez hizo posible ese momento solemne en el que una madre, 38 años después, se inclina ante su hijo ofrendado a la patria. Ese día le dejó unas flores de tela, blancas y azules, y un rosario de madera.

Elma se merecía volver. Fue, ni más ni menos, la primera madre que aceptó donar una gota de sangre para iniciar el proceso humanitario que llevaron adelante el Equipo Argentino de Antropología Forense, profesionales británicos y de la Cruz Roja. Y gracias a eso, Gabino fue, de entre los excombatientes de Malvinas enterrados como NN, el primero en ser reidentificado.


Los últimos hallazgos de la Cruz Roja y de los forenses argentinos y británicos se conocieron en septiembre de 2021. Individualizaron a cuatro gendarmes enterrados en una fosa común. Allí yacía otro correntino: el saladeño Marciano Verón. En la fosa estaban sus compañeros de helicóptero que el 30 de mayo de 1982 cumplían su primera misión. Antes de llegar a su objetivo, la aeronave fue derribada por un misil y atacada en simultáneo por un avión Sea Harrier. Todos los tripulantes perdieron la vida.

Julio Rodolfo Aro es un excombatiente de Mercedes, Buenos Aires, afincado en Mar del Plata. Es el presidente de la Fundación “No me olvides”, conformada en 2009 por veteranos de guerra, madres de los soldados caídos y algunos civiles. Julio es el impulsor del proceso de identificación de los caídos en Malvinas. Fue quien habló y convenció a Elma para que abriera ese círculo virtuoso que está a punto de cerrarse. Y quien movió cielo y tierra para que ella regresara a Malvinas.

Geoffrey Cardozo es un excapitán del Ejército británico de la división Logística. No participó de la guerra. Llegó un día después de la rendición, el 15 de junio de 1982, con 32 años, para ayudar a sus camaradas, hasta que recibió la orden de realizar la búsqueda e inhumación de los soldados argentinos cuyos cuerpos quedaron esparcidos por las islas al final del conflicto bélico.

Levantó en Darwin, a 88 kilómetros de Puerto Argentino, en un terreno donado por un lugareño, un cementerio con 237 tumbas, 123 de las cuales quedaron sin identificar.

—Esperamos que el gobierno argentino tomara la iniciativa para hacerlo, pero eso no sucedió —recordó hace algunos años.

Terminado el trabajo, en enero de 1983, hizo un informe muy detallado que le demandó cinco semanas. La ceremonia de sepelio, con honores y elogios fúnebres, ocurrió el 19 de febrero de 1983.

—Esas tumbas me impiden el sueño —le confesó Julio Aro a Cardozo la primera vez que se vieron, en 2008.

Estaban en Londres. Él, José Raschia y José Luis Capurro, también veteranos, fueron invitados a Gran Bretaña para reunirse con excombatientes ingleses de gran experiencia en estrés post traumático. Allí se cruzaron con el excapitán Geoffrey Cardozo, que oficiaba de traductor. Aro le contó sobre esas tumbas sin nombre que vio en su viaje de ese año a Malvinas y así fue que el día que partían de regreso, el militar inglés les entregó un sobre de papel madera con aquellos informes que había hecho en 1983. Era su bitácora de campaña. Había tres copias. Recuperó una del archivo y se las entregó a los argentinos. Convencido, también les dijo:

—Ustedes sabrán qué hacer con esto.

Un día, una vez concluido el trabajo de traducción en Mar del Plata, estudiando los folios del informe, José Raschia dio con un dato clave: en las listas caratuladas como “identificación militar” figuraba un número de documento argentino: 16.404.614. Pertenecía a un cuerpo encontrado en Darwin. Estaba grabado en una chapita circular, rota, que colgaba de un hilo de algodón encerado, y que resistió el paso del tiempo y el frío severo del olvido.

Les tomó tiempo llegar hasta el otro extremo de ese hilo prendido al DNI de Gabino, que él mismo escribió acicateado por el destino, pensando en el futuro, en la necesidad de un reencuentro con los suyos. Les tomó tiempo, pero lo lograron. Esa otra punta estaba en Colonia Pando.

Julio Aro viajó a Corrientes. La primera vez llegó preguntando a la casa de los Ruiz Díaz, pero sin recorrer un kilómetro demás. Elma lo recibió con los brazos y el corazón abiertos. Hablaron mucho, hasta que la mujer oyó la pregunta.

—¿Querrías saber dónde está Gabino? 

Sin pensarlo demasiado, le dio su respuesta:

—Lo buscaría hasta el fin de mis días. 

Fue así como Elma Pelozo se convirtió en la primera madre que aceptó donar su sangre para dar inicio a la causa de la identificación de los soldados de Malvinas. Con ella nació el Plan Proyecto Humanitario.